domingo, 1 de marzo de 2009

Los hijos del padrino





Los cobardes necesitan  padrinos para esconder su mediocridad, pretenden escalar hasta el pináculo no por sus méritos sino por la nobleza de sus apellidos, cuando los acosa el trabajo corren despavoridos a ocultarse en las naguas de sus protectores. Son artistas para lisonjear a sus mecenas y fieras para amedrentar a los que no se someten a sus caprichos pueriles.

Nunca se les ve en la línea de fuego, siempre se ocultan en la cómoda retaguardia y son los primeros en huir o en traicionar a sus hermanos a cambio de un puesto en el bando vencedor.  Creen que pertenecen a una estirpe superior y se jactan que sus manos de alfeñique ignoran la crueldad del trabajo; anhelan hartarse como reyes, pero se comportan como señoritos que miman las uñas y la gelatina del cabello.

Si en el camino encuentras a estos muñecos de porcelana, recuerda que son frágiles, chillan cuando hay que trabajar, les disgusta el sudor de los artesanos y si les reprendes corren asustados  donde tíos, abuelas y padrinos, van a lloriquear porque no soportan que les exijan cumplir sus obligaciones. Si tienen aspecto debilucho se quejarán con papi que los maltratas y no los quieres; si tienen músculos, desatarán el genio bravucón, te amenazarán y pueden hasta golpearte, pero siempre te dirán que mami ajustará cuentas.

Nunca pretendas cobijarte a la sombra de estos bellacos, están acostumbrados a sobrevivir como madreselvas; son parásitos que ofrecen la mano de sus bienhechores, bailan bonito, cobran caro y cuando hay que afrontar las borrascas te animan a pelear, pero te dejan solo, mientras, ellos corren aterrados a cubrirse en el regazo de sus padrinos.

¡Huye de los hijos del Olimpo que presumen medallas regaladas!


domingo, 22 de febrero de 2009

Mar adentro






Suelta las amarras, quita el ancla, rema con fuerza… al azul profundo, a la libertad… ¡Mar adentro! Sólo para audaces, únicamente para guerreros, para los apasionados que saborean hasta la última gota de la vida.

Cada mañana, con la luz violeta de la aurora, suelta las amarras de tu velero, se libre sin las penosas ataduras del qué dirán. No escondas tu originalidad, se tú mismo… el grumete que anhela dejar el puerto podrido, para aventurarse con la ilusión del conquistador…

Quita el ancla que te paraliza, arranca tus niñerías y caprichos que te atan a ese mundo superficial.  ¿No ves que eres una veleta que naufraga en el fango y el viento arrastra a su antojo?

¡Rema!  ¡Rema! El mar no se alcanza sin trabajo. Las olas desprecian a los guiñapos, a los niñitos que gritan por el agua fría y les asusta la sal que sazona. Rema, suda… deja atrás el espejismo del festival del muelle y lánzate mar adentro… como los grandes, los inmortales, los que dejaron su nombre y sus huellas en la historia.

¡Mar adentro! Con las velas henchidas de un espíritu crítico que no se rinde servil al consumismo burgués, a la moda pasajera y al vicio disfrazado. Con la brújula de la fe para no perder el rumbo y encallar en las hediondas ciénagas de los cobardes que corren cuando se exige sacrificio.

No basta ser bueno… los tiempos difíciles reclaman héroes, mártires; jóvenes perseverantes, dispuestos a superarse siempre, sin temor a las heridas… capaces de dejar  el mullido fogón para arrojarse… mar adentro. 


lunes, 16 de febrero de 2009

No se equivoque señor arzobispo





No se equivoque señor arzobispo, monseñor Romero es una gracia que Dios concedió al pueblo salvadoreño y la jerarquía eclesial no la puede domesticar, su martirio es un testimonio evangélico que no es posible callar. Cuando afirma que sólo la devoción privada es capaz de abonar al proceso de canonización se nota que estudió y aprovecha la doctrina de los sofistas. Su anhelo, hipócrita, de reducir a nuestro mártir al encierro de los camarines, de convertirlo en muñeco de escayola con una caja de limosnas a  sus pies, encuadra perfectamente en el modelo de iglesia que bendicen los gobiernos de derecha. Por supuesto, un santito de estampa, una imagen devota y con el rostro compungido, un santo para pedir milagros, encenderle velas y rezarle novenas, es ideal para el sistema, es potable para la derecha y le conviene a la jerarquía eclesial. Monseñor Romero no cabe en ese molde, es un mártir y no un santurrón, es un testigo que dio su sangre por el Evangelio y no necesita milagros ni la venia eclesiástica para dar testimonio del seguimiento a Jesús de Nazaret, el Crucificado-Resucitado.

Monseñor Romero es santo, un mártir que siguió los pasos de Jesús de Nazaret hasta las últimas consecuencias, por eso, también él, fue la presencia del Dios vivo que pasó por tierras salvadoreñas; su ministerio fue la opción radical por el Evangelio: predicó el Reino de Dios, anunció la liberación a los pobres, luchó por los excluidos y marginados de esta sociedad, denunció el pecado estructural del anti-reino, no se doblegó ante ninguna ideología ni fue un siervo del gobierno, fue un pastor que dio la vida por sus ovejas. Indudablemente no es un santo para sacristías, menos para adormecer conciencias y esquilmar el bolsillo de los fieles. Su testimonio es incómodo para sus hermanos de báculo, molesta al sistema y es una perenne denuncia contra los atropellos, la corrupción, el engaño y la manipulación que anida en las estructuras de poder. Monseñor Romero no es para encenderle velas y  pedirle favores mezquinos, es un ejemplo que invita a tomar en serio el Evangelio, es una voz que exige luchar por los pobres, no con limosnas ni obras de beneficencia que sólo sirven para evadir impuestos y hacer propaganda; los pobres y las víctimas exigen la solidaridad de un pastor que denuncie la injusticia y la opresión que, como Jesús de Nazaret entregue su vida al servicio de los desposeídos que son los predilectos de Dios.

No se equivoque señor arzobispo, la demagogia y la diplomacia no es lenguaje del Evangelio, los verdaderos hombres de Dios no se domestican con flores ni con incienso, no se pasean en los palacios ni en los ministerios gubernamentales, son profetas que únicamente responden al Dios de Jesús de Nazaret que clama justicia y libertad. Monseñor Romero no debe ser el adorno de sus homilías ni es su enemigo para que lo  destierre a los rincones de la catedral…  es el testimonio que le exige coherencia, es una luz que debe iluminar su ministerio, es su hermano que siguió radicalmente los pasos de Jesús de Nazaret. Le invito a conocerlo, no le tenga miedo, lea su diario, sus homilías y sus cartas pastorales; no se preocupe, no le hará perder la fe. Para su consuelo, el papa Josep Ratzinger, cuando era el cardenal responsable de la Sagrada Congregación de la Fe, aprobó los escritos de monseñor Romero y como Benedicto XVI lo señaló como modelo de Obispo.

No se equivoque señor arzobispo no puede domesticar ni callar a monseñor Romero. 

viernes, 13 de febrero de 2009

Los verdugos





Cuando sientes que el enojo te hierve en la sangre, que mil jinetes galopan en tus puños y gritas para vaciar el pus que te carcome el alma; cuando una gigantesca explosión amenaza con romper los huesos de tu compostura y quisieras ser brujo para arrojar fuego y ceniza a los moros que pisotean tus murallas…

¡Ten calma! La tormenta que te abofeteó, el viento que te derribó y el fango que te embarró, no debe escarbar tus entrañas hasta soltar la fiera que estás domesticando. El zarandazo fue injusto y te dolió, te hirió, te hizo sangrar… y corres enardecido para vengar la afrenta… ¿Para qué? Ya pasó… el verdugo hasta olvidó que rompió tus carnes cuando te desplomó con el látigo… el impío que se burló de tu miseria desnuda, sigue riendo, pero ya no sabe por qué… y tú, le das vuelta y vuelta, al mismo sonsonete; te quejas, te enojas, bufas, aprietas los puños y después, otra vez el mismo cuento…

Las heridas duelen y cuando son injustas y malintencionadas, cuando las provocó aquel en quien depositaste la confianza o el ingreso por quien dejaste de comer para que él se hartara tu pan… entonces, el golpe, el eco de las risas y el despiadado latigazo son devastadores, caen en tu alma como un cataclismo que sepulta tus sentimientos y destroza la jaula en la que encierras al dinosaurio carnicero que demanda venganza.

¡Cálmate! El cauce del río no se detiene porque unos traviesos le arrojen piedras. Tu verdugo no quiere abofetearte, no le satisface herirte, le tiene sin cuidado que sangres o que mueras… sólo le interesa verte tirado en el suelo, sólo anhela que desenfundes la espada para poder asestar el golpe mortal.

Si lejos de sentir el honor herido, miras con desprecio y lástima al victimario, lo habrás vencido… si en vez de escupir la danza del rencor para exigir desagravio, le miras a los ojos y descubres que grita y patalea porque tiene miedo, que con la cimitarra desploma alrededor porque está asustado… entonces sabrás que golpea porque en su mundo salvaje está solo y necesita más hienas y buitres…

jueves, 5 de febrero de 2009

El silencio




El hombre moderno no soporta el silencio, le estorba la soledad y teme encontrarse consigo mismo; necesita el ruido, le hace falta la manada, vive para el carnaval y el éxtasis del neón; le fascina la masa, el anonimato y se siente muy cómodo entre los borregos que vegetan embriagados de placer. Los esclavos de la comunicación mediática, más que el aire, necesitan hablar, gritar, parlotear... convertirse en ruido; el silencio les provoca nauseas, es un castigo insoportable,  un trance amargo que los puede llevar hasta el suicidio, y no es exageración, el silencio puede ser letal porque descubre el vacío, la superficialidad y el sinsentido de quienes viven para comer, dormir y reír con las hienas.

El silencio es un reto, un desafío que invita a romper la máscara social, una lid sin excusas ni intermediarios, un diálogo sin maquillaje ni apariencias; el silencio es una llamada para dejar el rebaño y vivir  un encuentro con nuestro interior, con la conciencia que manteníamos adormecida. No obstante, salir del bullicio para enfrentarnos con la voz interior es una experiencia desconcertante, una desnuda realidad que, muchas veces, hubiéramos preferido mantener drogada. Los cobardes, los mimados, los mercaderes y los dogmáticos le temen al silencio, saben que éste siempre termina por exigir cambios.

El silencio, en primera instancia, es callarse, dejar de hablar, alejarse del ruido, salir del bullicio ensordecedor que nos embriaga; después, con la boca cerrada, hay que controlar la vorágine de fantasías locas que nos alejan de la realidad. Al inicio, el silencio asusta, hiere, desconcierta, provoca miedo... cuando las pasiones se calman y quedan desnudas viene la calma, el sosiego, la paz; entonces, la conciencia se libera y llegó el momento de escuchar. Los disfraces quedaron raídos, ya no hay máscaras ni trajes de fiesta, la conciencia está lista para hablar y estamos preparados para escuchar.

La voz del silencio es sonora, grave, no admite excusas ni melodías sosas, denuncia sin piedad, golpea con rudeza, descubre la falsedad y no permite olvidar aquellos deslices que pretendimos ocultar. Se requiere valentía para escuchar, en primera persona, las francas acusaciones de quien no es posible sobornar. Escuchar altera el miedo, inquieta, desangra, pero también sana, limpia y transforma a quien sabe escuchar. En el silencio se descubre la oscura ciénaga que hay que superar y se desvelan los diamantes que hay que pulir; se requiere coraje para cincelar lo que estorba, valor para desprenderse de la fantasía y el chanel, humildad para reconocer el vacío y el humo que nos cubre. La catarsis es cruel, desgarradora, pero un largo camino ascendente que promete conquistar el horizonte.

El silencio fecundo no es un monólogo egoísta que sirve para valuar el costo o el beneficio de las acciones, no responde a la matemática del interés; el silencio purifica, y después, rompe las fronteras del yo para aceptar a los demás tal y como son, sin exigirles protocolo ni etiqueta; simplemente se tiende la mano sin lógica ni ventaja. Este silencio que violentó la mentira y esculpió nuevos senderos es la luz divina que permite descubrir la huella del creador, el sello de Dios que anida en nuestro interior.  

 

lunes, 19 de enero de 2009

El miedo paraliza






El miedo paraliza, enmudece, acobarda; convierte en guiñapos a los gigantes y domestica a las fieras; el miedo descristianiza a los que huyen del martirio y adormece las conciencias de los que ofrecen incienso en el altar de los dioses y besan los pies de los césares.

El miedo paraliza a la gente buena, la hace inútil, servil y cobarde. Los que dominan y viven embriagados de poder, crean fantasmas y siembran miedo, después les basta gruñir y sus adversarios se postran a sus pies; hasta las fieras salvajes se rinden cuando el miedo se apodera de sus colmillos y ya no pueden huir. El miedo a perder la vida no es negociable, tampoco se puede obviar el temor a que dañen a nuestros seres queridos. Asusta la idea del sufrimiento y la desgracia; pero los miedos se multiplican como una metástasis cancerígena que lo invade todo.

Cuando reina el miedo, los ladrones dictan códigos de ética, los hampones son los jueces y legisladores, los hijos pierden el respeto a sus padres y los docentes son marionetas de sus estudiantes, los clérigos predican resignación y bendicen los látigos de los explotadores,  las cárceles están repletas de inocentes y los profetas ponen precio a sus denuncias. Cuando el miedo impone su voluntad  los más honrados huyen, el resto aplaude y vitorea a los que empuñan la espada del poder.




lunes, 12 de enero de 2009

A pesar de todo... levántate




Te sientes derrotado, el alma herida y los ánimos maltrechos; los pies cansados se resisten a caminar, no quieres ni reposar en el camino sólo lanzarte al despeñadero, arrojarte al vacío y olvidar que debes respirar… Los golpes bajos, los necios infundios y los abrazos hipócritas desplomaron tus ingenuas quimeras de grumete soñador. Con loca ilusión sembraste girasoles, el desierto te devolvió cardos; tu hombro soportó el peso de los más débiles, cuando se sintieron aliviados de la penosa carga, te pisotearon y arrojaron al estercolero. Le diste de comer al hambriento, cuando sació su apetito, te arrancó la piel, devoró las entrañas y despedazado fuiste el festín de las fieras y aves de rapiña. Estás vapuleado, con las velas rotas y el mástil quebrado, la ilusión marchita, los pies llagados, exiliado… sólo quieres morir.

Te sientes derrotado, pero no lo estás. Los negros moretones, la piel desgarrada  y esa purulenta cicatriz, solo testifican que combatiste sin tregua en la sangrienta lid. Es cierto, te derribó la mezquindad y la incomprensión, pero estás vivo, herido sí, magullado y  decepcionado, pero vivo.

¡Levántate! ¡Deja de quejarte! A nadie le interesan tus lágrimas, no mendigues lástima ni des explicaciones, sólo levántate, recoge la espada, sacude el polvo y el estiércol de tu caída y con orgullo regresa a la lucha. A pesar de los golpes, de la amarga traición de los hermanos, de las huecas carcajadas de quienes se llamaban amigos, las dolorosas zancadillas… ¡A pesar de todo, levántate! Nunca olvides  que sólo caen los hombres, pero fracasan los mediocres; hieren a los guerreros y se orinan de miedo los cobardes; pelean hasta el final los valientes y corren aterrados los tienen el alma afeminada. Tu caída, no es la primera ni la última, es únicamente la oportunidad de resurgir victorioso desde los escombros, como el ave fénix, es el fuego que acrisola los metales nobles… las mejores espadas se fraguan a golpe y fuego. A pesar de todo, levántate.